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Superando el concepto clásico de División del Trabajo

Superando el concepto clásico de División del Trabajo

Reseña del libro “Más allá de la división del trabajo”

Leonel Córdova

GONZÁLEZ, Agustín [Ed.]. Más allá de la división del trabajo. [1era ed.]. Pamplona: EUNSA, 2007. 300p. ISBN: 9788431324698.

Agustín Gonzáles Enciso es catedrático de Historia Moderna y de Historia Económica en la Universidad de Navarra y, actualmente es subdirector del Instituto Empresa y Humanismo. En este libro reúne los trabajos que son fruto del proyecto de investigación llevado a cabo por el Seminario de Investigación del Instituto de Empresa y Humanismo, titulado “La moderna división del trabajo”, orientado a proponer reflexiones interdisciplinarias sobre la división del trabajo en sus relaciones con el uso del tiempo y la búsqueda de la eficacia individual y social. Es decir, busca profundizar en las consecuencias que sobre las personas y organizaciones puede tener un concepto demasiado funcional y rígido, y si estas tareas sociales, que son ineludibles, tienen un contenido más allá de lo funcional.

El concepto de “división del trabajo” existe desde hace mucho tiempo, pero empieza a usarse con Adam Smith, vinculado a una visión materialista refiriéndose ante todo a la división de las tareas materiales a realizar en un proceso productivo. En este libro, no solo se pretende repasar el concepto, sino obtener una visión más compleja de la realidad donde la multiplicidad de aspectos nos permita superar un concepto limitado de la división del trabajo.

Es una pregunta válida, si es que finalmente la división del trabajo no termina repartiendo a las personas en roles, alejándolas de la perspectiva del sentido de la vida, de la visión global y condenándolas a un individualismo. Por ello, deben buscarse vías de solución a las consecuencias negativas de una mala comprensión de la división del trabajo, y así, poder entenderlo de una manera menos mecanicista y más humanizadora. En ese sentido, “la división del trabajo se nos muestra, pues, como necesaria. Es impensable una sociedad si no se ha producido en ella un reparto de funciones, nadie es capaz de hacerlo todo” (Gonzáles, 2007, p.13). Pero lo que debía ser la asignación de una función social que permita interactuar al ser humano termina generando una sociedad individualista en la que el individuo considerado de forma aislada no puede satisfacer sus demandas personales.

Las consecuencias económicas de la división del trabajo son en realidad “poco” en comparación con los efectos morales que produce. Lo positivo es que la división del trabajo se sustenta en la naturaleza social del ser humano cuyas tareas están repartidas desde el propio seno familiar en modo natural. Lo que permitirá el crecimiento de la solidaridad y el desarrollo de la personalidad, esto es porque se crean lazos entre los individuos, y porque la persona en la labor asignada encuentra un camino para desarrollarse. Entre lo negativo, está la especialización que lleva a un individualismo que termina en una incomprensión social que genera opresión y revoluciones cíclicas porque el ser humano deja de ser capaz de comprender al otro. En ese sentido, el ser humano se vuelve irresponsable, debido a que desde su esfera mínima no se puede manejar el conjunto, y en el ámbito social, aunque nadie haya querido los efectos que se viven, todos los han producido, y esto genera una sensación de anonimato (Gonzáles, 2007, p.16).

Esto nos lleva al inmovilismo, pues cada cual con sus roles sociales rígidos no pretenderá cambiar lo global, y se termina generando un conservadurismo social en donde la decisión se ha dejado en las manos de los políticos, especialmente del gobierno controlado por “partidos” y mediatizados por los medios de comunicación. La consecuencia es una fuerte sensación de desamparo y manipulación que lleva a pensar que el avance material se ha pagado con un alto precio moral (Gonzáles, 2007, p.16), y se hace necesario el buscar un nuevo elemento integrador que una la sociedad y haga retroceder al individualismo.

La teoría de la división del trabajo de Adam Smith no se refiere a la integración y coordinación de las relaciones sociales, sino más bien al aspecto mecánico de separación de fuerzas naturales, siendo que la teoría de Smith no ayuda a dar sentido o racionalidad a las conductas individuales en el seno de la sociedad, sino lo que hace es anular la subjetividad del individuo mediante su aislamiento en lugar de su integración social (Gonzáles, 2007, p.17).

El trabajo es “riqueza económica solamente si se organiza al modo humano; es decir, respetando los aspectos esenciales de la antropología humana. Es desde el estudio de las raíces antropológicas del trabajo humano como se puede ofrecer una visión más profunda del mismo y como, a la vez, se puede descubrir la auténtica riqueza” (Gonzáles, 2007, p.21). No se puede separar la riqueza económica de la humanidad de la persona, por lo que resulta necesario que la acción humana, y con ello el trabajo, se oriente al servicio de las personas.

PARTE PRIMERA

Comenzando con Adam Smith: La división del trabajo y sus límites

Adam Smith se da cuenta que el excedente generado por la división del trabajo, no se liga a la propiedad de la tierra, sino a la propiedad del dinero. El mismo que se concibe no como símbolo de integración social, sino como expresión ultima de la labor, del individualismo que aprovecha la riqueza que brota de la tierra. Asimismo, se plantea que la finalidad de la Economía Política de Smith era dar solución al problema de los pobres, y por ello busca maneras de cómo obtener o ganar riquezas. Se ve al individuo como productivo por sí mismo, es decir, en primer lugar, que se permite su propia subsistencia, y, en segundo lugar, que produce más que lo que necesita para la misma. En el primer supuesto se vive en un estado de naturaleza en el cual el individuo puede permanecer aislado, en el segundo, se entiende al individuo como integrado en una sociedad.

Se considera al trabajo como una secuencia de tareas, donde desparece la singularidad y se observa un conjunto de actividades impersonales que pueden ser realizadas por una fuerza impersonal, como lo es la labor; y en ese sentido, lejos de aumentar la labor, Smith terminaría desapareciéndola, por medio de máquinas movidas con energías no humanas. Así, resulta necesario que se vaya imponiendo la especialización flexible como una nueva forma de ver la división del trabajo.

Esto es porque la mano que era un órgano no especializado que denotaba inteligencia con la división del trabajo se especializa. Pero, aun así, poco a poco el ser humano se va viendo reemplazado por la máquina. Y con ese aumento considerable de producción, aumenta también el trueque y el comercio, esto debido a que se intercambia lo que se sobreabunda, de esta manera el hombre fiel a su naturaleza se hace comerciante. Por lo que debe tenerse claro que la división del trabajo no acaba en la producción sino en el comercio y consumo. Y una vez cubiertas las necesidades básicas, uno puede comerciar y consumir otras que no son tan básicas, tantas como el ingenio humano, por lo que pueden ser infinitas.

Cuando el trabajo no está abierto a la trascendencia solo se busca la obtención de capital y no construir sociedades. El hombre es visto solo como un ejecutor y no diseñador de su trabajo, de esta forma el ejecutor no puede interferir o superar el diseño; la consecuencia de la especialización está en que el ser humano no logra ejercitar su inteligencia; y es el Estado el que debe preocuparse por la educación de los ciudadanos. Si la técnica favorece el trabajo, entonces vale preguntarse qué hacer con el tiempo libre, pero Smith no favorece al ocio, y en ese sentido, los trabajos serán tan constantes y severos, lo que dejará poco tiempo para pensar o hacer alguna otra cosa. Pero, cuando la gran mayoría deja de trabajar no se dedica al ocio sino a la diversión y entretenimiento. El hombre se encuentra tan desarraigado en su trabajo que no participa en la elaboración del argumento de su propia vida, y esto es preocupante.

Se nos indica que ante la crisis del modelo fordista surge una alternativa que es la llamada especialización flexible. Y este sistema se apoya en cuatro pilares (Martín, 2007, p.61): 1. El retorno a la producción artesanal por medio del ordenador; 2. La organización de la producción debe ser lo suficientemente flexible para poder enfrentar la variabilidad de la demanda; 3. Las relaciones laborales se fundamentan en la cooperación en lugar del conflicto, lo que favorece la introducción de flexibilidades; y 4. Las relaciones inter-empresariales dejan de estar caracterizadas por el principio de control y pasan a regirse por la cooperación, que descansa en el principio de confianza.

El afirmar que la especialización flexible se basa en la colaboración de todos los actores en el proceso productivo, plantea, cuando menos, algunos problemas de comprensión. Se afirma que la especialización flexible no solo se basa en la colaboración sino también la genera. Pero, las relaciones sociales dentro de la empresa pueden producir colaboración y conflicto simultáneamente (Martín, 2007, p.65). No obstante, estos conflictos suelen paliarse mediante incentivos económicos que acompañen los cambios, o por el efecto gratificante de la responsabilidad y de la eventual participación en las decisiones (Martín, 2007, p.65). Además, la mayoría de estos conflictos discurren a través de relaciones informales y no son sindicalizados. Y, asimismo, se pone de relieve por la especialización flexible la importancia de la formación continua, que poco a poco aproximaran las tareas de diseño y las de ejecución. No debe olvidarse que es crucial la colaboración y entendimiento de los empresarios que forman parte de una misma red o unidad geográfica, siendo que debe existir una comunicación fluida entre ellos que permita consolidar la estructura de grupo y su funcionamiento, y así, poder alcanzar mejores resultados económicos.

PARTE SEGUNDA

Política, sociedad, trabajo. Las dimensiones personales de la división del trabajo

Para comprender la división del trabajo se debe entender las dimensiones personales de la misma, por lo que resulta necesario conocer el concepto de trabajo. En ese sentido, se puede hablar de trabajo en sentido estricto y en sentido amplio; en el primero se refiere a toda acción humana consciente que se realiza para alcanzar un fin aún no poseído, y en el segundo, a la acción humana realizada desde un fin ya poseído. Además, debe tenerse en cuenta que, de acuerdo a la realidad, las diferencias entre trabajo físico e intelectual van desapareciendo. “Todo trabajo humano, si es verdaderamente humano, por muy físico y material que sea, implica uso de la inteligencia y de la voluntad” (Alvira, 2007, p.72). En cuanto más físico sea el trabajo menos humano es, y por ello, resulta paradójico que en la sociedad del conocimiento en la que debería desaparecer el esclavo por naturaleza, que solo hace trabajo físico, somos capaces de percibir una sociedad llena de esclavitud (Alvira, 2007, p.73).

Actualmente, “no son pocos los que no tienen verdadero amor por su trabajo o profesión, lo cual significa, sin lugar a dudas, que no la conocen bien, pues solo se conoce bien lo que de verdad se ama. Sin amor a la propia tarea, esta se convierte en un peso continuo en el que el aprendizaje es escaso y lento”. El tema del trabajo es económico en el sentido antiguo de la economía, pero no en el moderno. El sentido antiguo es la familia; pero el moderno no tiene en cuenta la casa, sino que es individualista, y por lo tanto, tiene una visión superficial del trabajo que no va dirigido a la casa ni a la comunidad política. La dimensión económica del ser humano solo tiene sentido si hay con quien compartir.

El trabajo no se divide sino solo las tareas. No fue el trabajo industrial lo que produjo una “división”, sino que fue el espíritu individualista con el que se desarrolló la industria el que convirtió la “división del trabajo” en un problema económico que se transformó en político.  Si nos damos cuenta, realmente la sociedad no ha cambiado, en la democracia siguen existiendo los mismos estamentos que en el Antiguo Régimen. Han cambiado los matices, las formas externas, pero en lo esencial no ha cambiado nada. Sigue habiendo estamentos, vasallaje, y casi siempre los mismos apellidos en escena (Alvira, 2007, pp.76-77).

Durkheim nos planteará que la división del trabajo tiene un valor civilizatorio en cuanto su carácter de ley moral, la cual crea instituciones con condiciones estructurales de acuerdo al espíritu del individualismo moral de la modernidad. Se observa que la solución a la crisis de la sociedad no está en normas técnicas sino en reglas morales, las cuales se deben construir. Y, asimismo, se debe construir un organismo cuya función especial sería la de conservar la unidad de las funciones, este organismo es el Estado.

La conciencia colectiva disminuye a medida que el trabajo se divide, lo cual es un fenómeno normal. Lo colectivo ha perdido terreno y no podrá recuperarlo. La división del trabajo empequeñece al hombre reduciéndola al papel de la máquina, que no observa finalidad en lo que se le exige, y solo las llevaría a cabo por rutina. Pero, la “división del trabajo supone que el trabajador, bien lejos de quedar “curvado” sobre su tarea, no pierda de vista a sus colaboradores, actué sobre ellos y reciba su acción” (Múgica, 2007, p.95).

No es posible hablar de división del trabajo sin intercambio, cuya forma jurídica es el contrato. El equilibrio de voluntades que constata y consagra el contrato es una consecuencia y una forma diferente del equilibrio entre las cosas. Una regla de equidad es que todo intercambio en el que el precio de un objeto no guarde relación con lo que ha costado hacerlo y los servicios que presta, es un intercambio injusto. Si esto es así, el contrato no es plenamente consentido más que si los servicios intercambiados tienen un valor social equivalente. El principio que debe regir la igualdad es este: “la distribución de las cosas entre los individuos no puede ser justa más que en la medida en que está hecha proporcionalmente al mérito de cada uno. La propiedad de los particulares debe ser la contrapartida de los servicios sociales que presta” (Múgica, 2007, p.103).

El nuevo título de propiedad es el mérito: el reconocimiento efectivo de la capacidad y aptitudes para la función que uno ejerce. La mayor flexibilidad organizadora es afín al cambio social. La economía política ha partido de una suposición falsa: que la acción social es contraria a la libertad, al contrario, lejos de ser antagonistas, debe entenderse que toda libertad parte de una reglamentación, en ese sentido, la libertad es resultado de la acción social. Y, en consecuencia, la tarea de las sociedades avanzadas es crear condiciones progresivas de equidad, la que facilita el libre despliegue de la totalidad de fuerzas socialmente útiles. No estamos, sino ante una mezcla de liberalismo y socialismo que tienen como punto de partida el individualismo moral (Múgica, 2007, p.111).

Nos señalan que, “Durkheim percibe con claridad que el problema radica no solo en que el hombre moderno ligue su existencia al carácter efímero y caprichoso del deseo, sino, lo que es más importante, en que dicha existencia, atravesada por una temporalidad de vértigo, se oriente toda ella a un futuro sin término. Vivir en la perpetua impaciencia, en el continuo desasosiego, en el vértigo de la insatisfacción, siempre deseante de la novedad, fatiga y, a la larga, provoca un desencanto con las cosas y el mundo como totalidad, pues ese mundo se experimenta como lo carente de significación, de relevancia personal, ya que no hay vínculos que lo liguen al propio vivir” (Múgica, 2007, pp.129-130). 

“El hombre es un ser constitutivamente en relación con otros, de manera que su conducta y su misma estructura psíquica o afectiva no es desvinculable de su condición social” (García, 2007, p.95). En ese sentido, se va desarrollando un progresivo aumento de las auto-coacciones, por medio de las cuales las personas generan hábitos para su desarrollo en la sociedad. El ser humano será a su vez un ser-para-sí-mismo, y de manera simultánea se nos mostrará como un ser-para-la-sociedad (García, 2007, p.144). La vida individual ha nacido desde la vida colectiva, no se ha dado al revés, no es que a partir del individuo se forma la sociedad, sino que el individuo poco a poco ha ido obteniendo una mayor relevancia. Y debido al tema de la división del trabajo y a la diferenciación social que genera, el individuo ha ido intensificando sus deseos de felicidad, y como consecuencia de su difícil acceso individual se han ido incrementando los casos de suicidio en la sociedad individual y patológica en la que vivimos. Además, se ha llegado a creer que la sociedad humana en cuanto más civilizada ofrece un mayor ámbito para la individualidad (García, 2007, p.162).

Adicionalmente, se puede hablar de una antigua y una moderna división del trabajo; lo que pone de manifiesto que no estamos ante algo estable y acabado sino ante algo que cambia junto a la propia historia del ser humano (Falgueras, 2007, p.165). Lo principal no es la división sino el trabajo, por lo que se entiende que lo que cambia a lo largo de la historia es el trabajo y su forma de ser concebido. El trabajo no solo puede ser entendido como la elaboración de producto físicos, esta no es su característica principal, sino que del mismo se derive el sustento del sujeto que lo realiza; y además, el trabajo no tiene por qué estar asociado al sufrimiento sino que debe asociarse al disfrute (Falgueras, 2007, pp.173-174). El trabajo debe garantizarnos el doble bienestar de permitirnos ganar el sustento y divertirnos en la acción de trabajar, y no debe verse reducido a una visión errónea de generación de riqueza, entendida esta, solo como la acumulación de bienes materiales, es decir, se alcanza un bienestar material.

Para Adam Smith la riqueza es producida como fruto del trabajo, a partir, de los productos físicos resultantes del mismo (Falgueras, 2007, p.177). Es de esta manera que se entiende a los bienes físicos como medios para obtener la riqueza. Para Smith solo será considerado un trabajo verdadero el que consiste en la producción de un bien físico, y el mismo trabajo es visto como un medio que nunca puede ser un fin, y esto termina despojando al trabajo de toda su posible dignidad (Falgueras, 2007, pp.178-181).

La visión smithiana del trabajo posee dos características que perviven en el modelo renta-ocio: Primero, los trabajadores valoran positivamente el tiempo de ocio y negativamente el tiempo de trabajo; segundo, la función del trabajo es la de ser solo un medio para adquirir bienes de consumo, una acción no deseada que solo se realizaría para obtener los ingresos necesarios para el consumo. No obstante, queda la interrogante de cómo poder motivar al trabajador para que aproveche el tiempo que debe dedicar al trabajo, debido a que posee una inclinación natural a no trabajar; es decir, se pasa de la aversión al trabajo a la aversión al esfuerzo. La máquina nos lleva a pensar que la división del trabajo se da por ella, y el trabajador solo es su apéndice. En ese sentido, el trabajo es una actividad penosa y no deseada que solo se entiende como un medio de acumulación de riqueza y consumo, siendo la riqueza el fin último del consumo, debido a que se trata de una mera acumulación de bienes (Falgueras, 2007, p.198).

En consecuencia, se intentará comprender la organización desde una perspectiva aristotélica. En ese sentido, se entiende al gobierno corporativo como la relación entre los accionistas, los directivos y los miembros del consejo de administración en la medida en que determine la dirección y la actividad de las empresas. Y así el gobierno corporativo puede entenderse como  el modo en que el poder y la autoridad se ejercen dentro de una empresa. El poder significa la capacidad de efectuar un cambio, mientras que la autoridad se refiere a la validez del motivo del cambio. El gobierno corporativo quiere decir gobernar adecuadamente la empresa como una institución social.

Se puede encontrar similitudes entre el estado y la empresa en cuanto ambas son instituciones sociales. En general, las personas se dividen en el estado entre ciudadanos y no-ciudadanos, mientras que en la empresa, se dividen en accionistas y no-accionistas. Un ciudadano es el que participa en la administración de justicia y en los cargos; la ciudadanía implica una jerarquía, que unos manden y otros obedezcan, lo cual es necesario. Se puede realizar una analogía con los accionistas como ciudadanos, y también otra, como los “stakeholder”, es decir, cualquier individuo o grupo que puede afectar o afectarse por la organización, pero el único grupo de “stakeholder” que cumple con los criterios de “ciudadanía corporativa” es el de directivos-accionistas (Sison, 2007, p.201).

La analogía se sigue en que el estado y la empresa necesitan un gobierno, la diferencia está en que el estado es soberano, y el gobierno corporativo no lo es. Hay dos regímenes uno que mira por el bien de los gobernantes, o despótico, y el otro que mira por el bien de los gobernados que es un gobierno libre o constitucional. Este segundo es un régimen verdadero, y entre los que pueden darse tenemos la monarquía, la aristocracia y los regímenes constitucionales. Entre los regímenes perversos están las tiranías, las oligarquías y las democracias. Y estos tipos de gobiernos pueden darse en las diferentes empresas.

Una tercera parte de la analogía se encuentra en la finalidad que tiene el estado y que tienen las empresas. El primero tiene una finalidad política que les permitirá a las personas alcanzar su pleno desarrollo o perfección de la vida humana. En cambio, la empresa es una sociedad artificial porque no surge de la naturaleza humana, y es imperfecta porque no es autosuficiente, sino que es una asociación intermedia entre la familia y el estado. No obstante, los fines económicos que buscan las empresas son medios para el fin político que buscan los estados. El objetivo de la economía es proporcionar las condiciones materiales para la vida buena, que es el objetivo de la política. La economía moderna simboliza el triunfo de la crematística no-natural que no tiene reparo alguno en la obtención de bienes materiales, sobre el fin político, y la sustitución del estado por el mercado como contexto del florecimiento humano (Sison, 2007, pp.210-215).

PARTE TERCERA

Trabajo, empleo y uso del tiempo: Algunos problemas actuales

El sistema económico pide a todos que hagan un esfuerzo para triunfar en el camino de su vida, aun sabiendo, que uno de cada 100 o 20 lo logrará y el resto son perdedores que deben entender que de una forma u otra se han beneficiado con el esfuerzo de todos los demás. La igualdad de condiciones de la democracia puede llevar al espejismo de la “igualdad extrema” y, en ese caso, “quieren la igualdad en la libertad, pero si no pueden obtenerla, la quieren aunque sea en la esclavitud. Hay que tener cuidado del hombre de la masa, cuyo modo de ser es la inercia, que no quiere dar razones ni quiere tener razón porque defiende el derecho a no tener razón (García-Durán, 2007, pp.225-229).  

Se plantea que las sociedades más avanzadas no se han transformado en ociosas, sino en más productivas. El problema es que los niveles de bienestar personal y colectivo no son una referencia fija e inmutable, sino que evolucionan, crecen (Martínez-Val, 2007, p.244). No obstante, en ciertos países para que ese futuro exista se necesita que haya población, pero recurrir a la inmigración como aporte poblacional es una práctica tan antinatural que resulta inaceptable desde el punto de vista humano (Martínez-Val, 2007, pp.252-254).

Una de las novedades más recientes es la incorporación masiva de la mujer al mundo del trabajo. Y las naturales diferencias que pueden darse entre el hombre y la mujer se han interpretado bajo el prisma de dominación, y que por lo tanto, en nuestras sociedades democráticas e igualitarias, debe desaparecer. Pero, debe valorarse que no todas las diferencias entre hombres y mujeres son intrínsecamente negativas, ni deben ser interpretadas como una relación dominante-dominado.

CONCLUSIONES

La “división del trabajo” no es una idea novedosa de Adam Smith, sino que es una idea tan antigua en cuanto entendida como natural división de roles en la sociedad, lo que sucede con Smith es que le da un nuevo sentido materialista y funcional a la división de los roles sociales. Y, en ese sentido, la división del trabajo genera un aislamiento que sitúa a la persona en un cómodo individualismo que lo coloca incómodamente como irresponsable ante la sociedad.

Si se valora correctamente la división del trabajo, se puede repensar que hacer con la organización estatal-empresarial, el uso del tiempo libre y el desarrollo de las personas. Esto es solo si se entiende a los roles asignados como elementos constituyentes de algo superior y podemos observar la vida con un sentido de globalidad, por lo que debe superarse la visión del trabajo como tareas intrascendentes, debido a que eso termina aislando a los seres humanos en una esfera privada de la que es difícil salir para relacionarse con las demás personas.

Si el trabajo no está abierto a la trascendencia solo se busca la obtención de capital y no construir sociedades. El trabajo debe garantizarnos el doble bienestar de permitirnos ganar el sustento y divertirnos en la acción de trabajar, y no debe verse reducido a una visión errónea de generación de riqueza, entendida esta, solo como la acumulación de bienes materiales, es decir, se alcanza un bienestar material. Y no dejar que el ser humano en búsqueda de igualdad termine perdiendo su libertad en medio de la masa que solo se dedica al consumo.